Llevo toda la semana consternado por la noticia del hombre que ha asesinado a una embarada de 9 meses en una iglesia de Madrid y luego se ha suicidado en el altar. Cada detalle que dan los medios sobre el caso, me crea más estupor. La madre de la fallecida había venido a Madrid dos semanas antes para ayudar a su hija. Era el día del Santo del pueblo, y la madre convenció a su hija para ir a misa y pedir así que todo saliera bien en el parto. Al parecer le había costado mucho quedarse embarazada, y tenía mucha ilusión con el nacimiento de su primer hijo.
El asesino tenía numerosos antecedentes penales, pero nunca había estado en un siquiátrico ni se le había diagnosticado ninguna enfermedad mental. La policía encontró una nota en su bolsillo en la que ponía: ”El demonio me persigue, le tengo detrás. No tengo trabajo”. Cuando registraron su casa, el salón estaba presidido por un cartel de Kill Bill, la película de Tarantino cuyo comienzo guarda escalofriadamente mucho parecido con el asesinato.
El único detalle que aporta un poco de luz al suceso es que se ha logrado salvar al bebé, tras practicarle una cesárea a la difunta. El bebé ahora mismo se encuentra grave en la Maternidad del Gregorio Marañón.
Ante un caso así, es imposible no desmoronarse. Es inexplicable lo sucedido, sobre todo porque no hay culpables (no creo que pueda echarse la culpa a un loco, pues este es igualmente víctima).
¿Cómo una persona con creencias religiosas puede explicar lo sucedido? ¿Cómo dios puede permitir algo tan atroz, y más en su propia “casa”? Creo que no hay respuestas convincentes a estas preguntas.
En el mundo, ocurren desgracias como esta todos los días, desgracias igual de horribles e inexplicables, y que hacen que nos preguntemos qué sentido tiene levantarse de la cama y enfrentarse diariamente a la lucha de vivir.
A todos, en algún momento, la vida nos sorprende con su lado más agridulce, con una herida fatal que hace que todo se pare y deje de tener sentido, y que es imposible borrar. Pero creo que el secreto es no dejar que la herida nos desangre. ¡Hay que rebelarse! ¡Hay que ser más fuertes! Si la vida no tiene color, nosotros no tenemos por qué no tenerlo. Si la vida nos pone una mueca, tenemos que retarla con una sonrisa. Tenemos que curarnos las heridas y, si bien siempre nos acompañarán las cicatrices, seguir con nuestro camino.
No he podido evitar recordar la película “El árbol de la Vida” cuando he ido leyendo las noticias sobre este suceso. En esta polémica película, Brad Pitt pierde a su hija, y el director nos muestra durante unos 30 minutos cómo hace millones de años se creó el universo, la Tierra y la vida de forma fortuita, mientras la voz de Brad Pitt en off dice frases del tipo “Dios, ¿por qué me has hecho esto? ¿Por qué te has llevado a mi hijo? ¿Qué te he hecho yo? ¿Cómo has permitido una cosa así?”
Somos seres minúsculos en la historia, una mota de polvo con respecto a todo lo que ha ocurrido durante millones de años y lo que ocurrirá. Sin embargo pensamos que somos el centro de todo, sentimos que lo que nos sucede es lo más trascendente, vivimos un drama y desde arriba somos una comedia.
No hay respuestas cuando uno sufre una tragedia, pero sí una única salida: seguir adelante. Hace tiempo yo tuve cerca una y fruto de aquella experiencia escribí este poema, del que me siento muy orgulloso:
FORTALEZA
Con temor al tumor vamos andando.
No hay tirón ni tiro que nos pare.
Se murió tu hija, se murió tu padre…
y sigues por la senda caminando.
Y sigues por la senda, no hay atajo
ni sedante o consuelo que nos calme.
No hay seda ni sueldo ni diamante
que valga nuestro aguante inhumano.
Sufrimos como sufre la que pare
y no nos dieron niños tras el parto.
Nos dejaron las deudas, los amantes…
pero pudimos, sí, salir del paso.
Salir pudimos por la puerta grande
aunque nos diera el toro en el costado.

Hay que salir adelante, siempre. No rendirse nunca. Y si la vida nos jode, hacerla el amor.